Teatro & Ritual

Actualizado: 20 feb

Hablemos de Teatro y Ritual, para esto tendríamos que comenzar definiendo cada concepto: ¿de qué hablamos cuando decimos ritual? Hablamos de un hecho extraordinario, que carga valor simbólico. Una serie de acciones cubiertas de significantes que se basan en creencias específicas. Los objetivos de los ritos pueden ser diversos, podemos venerar, rechazar, conmemorar, celebrar o buscar generar cambios a través del mismo, estos cambios pueden querer provocarse en el individuo que lo realiza o en el individuo al que se le dedica el ritual, también el ritual puede querer provocar cambios en el entorno, en el contexto, incluso en la naturaleza.


Cuando hablamos de Teatro, en este caso, hablamos del Hecho Teatral. ¿Qué necesitamos para que el Hecho Teatral se consolide? Necesitamos cuatro elementos; un actoris, público -puede ser una sola persona- una historia qué contar y un espacio que comulgue en tiempo presente estos primeros tres elementos.

¿El Teatro es Ritual? esta pregunta es fascinante, porque como sujetos teatrales nos hace adentrarnos profundamente en las raíces de este arte.


Podríamos empezar, por lo más simple, buscando si dentro de las definiciones de estos conceptos hay coincidencias. El acto ritual se realiza en un espacio definido como el teatro, y el teatro -convivio- conlleva acciones, imágenes y palabras portadoras de signos y significantes. Quizás se hallen diferencias en las creencias, ya que el ritual se anexa a la fe y a férreas ideologías, sin embargo el teatro; ¿acaso no surge de este pacto tácito donde el espectador decide durante ese tiempo creer? O mejor aún; ¿la obra no puede expresar creencias ortodoxas sobre ciertas ideologías o manifiestos que respaldan al arte?


Investigadores del caso, separan al Ritual y al Teatro por esta parte: la diferencia entre el espectador y el devoto. Si bien el devoto participa del acto ritual en comunión a las creencias que lo reúnen al acto en sí mismo, podríamos pensar que el espectador también, pero éste cuenta con una libertad que el devoto no, si el público descree la ficción y comienza a separarse de la misma, criticando interna o externamente el espectáculo, rompiendo con el pacto tácito, o si la obra en sí misma rompe con la teatralidad y la menciona generando meta teatro – es decir al teatro que se enuncia a sí mismo – el espectador sigue siendo espectador, en cambio el devoto, si descree, critica o se distancia ideo-lógicamente del acto ritual, abandona su condición de creyente, para transformarse en espectador.


“El teatro es: un ritual vacío e ineficaz que llenamos de nuestros “porqués” Que en algunos países de nuestro planeta se celebra con indiferencia y en otros puede costar la vida de quién lo hace” dice Eugenio Barba.


Aquí Barba plantea -quizás- al teatro como ritual que no contiene el poder de la modificación, que su construcción está motivada por razones que buscan fundamentar su existencia en sí misma, que las sociedades celebran el teatro de acuerdo a su importancia cultural, que va desde el más chabacano y superficial entretenimiento hasta el discurso más revolucionario. Acá nos gustaría traer -no sin dolor y reconocimiento- como ejemplo a Federico García Lorca, asesinado por el dictador Franco; a los, las y les artistas desaparecidos/as/es en nuestra última dictadura militar y a Daniela Carrasco, actriz, mimo, torturada y asesinada, colgada en la plaza, por los carabineros de Piñeyra en Chile, durante el 2019.


Para pensar si el Teatro es ritual o no, tenemos que entender que no todo el teatro puede serlo, porque realmente conocemos el teatro vacío de creencias arraigadas y con pocos ánimos de transformación. Ese teatro más cercano al Circo Romano, al entretenimiento violento, sexista y sin consciencia de clase. Ese teatro no lo acercaríamos a nuestra concepción de ritual, aunque lógico, reúne algunos aspectos. El ritual, en cambio, reúne todos los elementos del hecho teatral, pero a través de contar una historia, enuncia y respalda una creencia. Es emocionante analizar estos dos elementos y ver como se acercan y alejan en diferentes puntos de su estructura.


Desde que Aristóteles, en La Poética, afirmó que la Tragedia se originó con los líderes del ditirambo, -ritual religioso hacia el dios griego Dionisio- prácticamente el origen del teatro se adjudica a actos rituales, sin embargo investigadores como Eli Rosik afirman que no hay pruebas tales, en principio porque Aristóteles escribió La Poética 200 años después del advenimiento de la tragedia. Rosik nos cuenta que solo el teatro ha sido concebido como originado por el ritual y que esto es absurdo, ya que todo el arte se tendría que considerar acunado en el ritual. Asegura que el teatro y el ritual son mutuamente independientes. Eli Rosik expresa:


“Mientras el ritual básicamente tiene por objeto afectar los estados de las cosas en la esfera divina u otra, el arte teatral solo tiene por objeto afectar la percepción de los estados de las cosas o, mejor aún, los pensamientos sobre ellas.”


Quizás por estas razones, las intenciones de Artaud de llevar al teatro hacia la metafísica sean tan atractivas y nos conmuevan tanto. Pero no olvidemos que el francés se influyó por una obra balinesa que vio en Francia y los Tarahumaras, con los cuáles convivió un fragmento de su vida, en México. Esto nos lleva a pensar que en las culturas milenarias no encontraremos esta línea divisora entre ritual y teatro, pero analizar las mismas requiere de un marco y una investigación demandando otros parámetros que no responden a nuestra cultura occidental, metropolitana y pos-moderna.


Quisiéramos reflexionar sobre la ritualidad en el teatro y el valor social que le otorgamos, y aquí nos posicionamos en nuestro ser espectador, ya que creemos que el foco de análisis está allí, en la dramaturgia del que mira. La palabra Teatro deviene del griego “Theatron” y significa lo que se mira, o lugar donde se mira.


¿Cómo miramos el teatro? ¿Miramos intentando creer?


La sociedad actual puede introducirse a la ritualidad teatral, despojándose del tiempo, decimos tiempo, porque uno de los rasgos más maravillosos del buen teatro es que nos haga perder la percepción del tiempo. Entrar a ese espacio de sueños, un espacio que la última tecnología quizás nos está negando. Parte de la ritualidad que podemos experimentar ahora en cualquier sala es interrumpida, por ejemplo, con los celulares, no solo porque alguien se olvidó el teléfono prendido, sino porque hemos visto a otros enviando mensajes o leyéndolos en plena función.


Algo que nos otorga el teatro es la oportunidad de perdernos en el tiempo, eso parece sumamente devocionario. Por lo tanto, que nos perdamos de esa experiencia porque no podemos “perdernos de nada” nos hace pensar en que eso que denominamos ritualidad se está perdiendo, o está mutando.


Lo ritual implica este valor aplicado por sus cómplices, participar en conjunto de esa sensación “estar en algo más elevado que un espectáculo”, esa sensación de transformación interna. No somos la misma persona después de esta función. Algo se modificó.


La comunión de los cuerpos expectantes/actuantes reunidos en un espacio de tiempo presente es quizás el acto más maravilloso y más simple, de transformación colectiva. Un ritual es un hecho extraordinario, eso no significa que no lo hagamos todos los días, lo que necesita es estar cargado de significantes.


FOTO: Nina Tango. Personaje "La Geisha" Natalia Arteman


BIBLIOGRAFÍA

Artaud, Antonin: El Teatro y su Doble.

Barba, Eugenio: Más allá de las Islas Flotantes.

Rosik, Eli: Las Raíces del Teatro.


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